Eliminar la violencia contra las mujeres: ¿posibilidad o utopía?

Los cuerpos de las hermanas Mirabal fueron hallados el 25 de noviembre y su crimen conmovió a toda la sociedad dominicana.

Débora D´Antonio y Sol Calandria –Investigadora Independiente y Becaria Doctoral del CONICET, respectivamente- analizan por qué terminar con la violencia contra mujeres es una meta casi inasible.

Fuente:Conicet

¡Si me matan, sacaré los brazos de la tumba y seré más fuerte!, exclamó Minerva en lo que fue su último grito de lucha contra la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo (1930-1961). Su grito se escuchó fuerte minutos antes de ser asesinada –tras un choque fraguado por la policía secreta dictatorial- por órdenes de ´La bestia´, uno de los tantos sobrenombres del opresor dominicano.

Minerva, Patria y María Mirabal fueron asesinadas en  noviembre de 1960, cuando tenían 32, 36 y 26 años y se trasladaban en automóvil para visitar a sus maridos -militantes políticos contra el régimen como ellas- que estaban presos. Luego del choque, fueron brutalmente golpeadas y ahorcadas con pañuelos por los hombres la dictadura de Trujllo, plasmada en la ficción por una obra emblemática de Mario Vargas Llosa, La fiesta del chivo (Alfaguara, 2000). En la novela, el escritor peruano da cuenta del feroz entramado de poder, corrupción y perversión sexual que caracterizó al régimen de Trujillo.

Los cuerpos de las hermanas Mirabal –madres de cinco niños- fueron hallados el 25 de noviembre y su crimen conmovió a toda la sociedad dominicana, hastiada de los abusos y opresión de la dictadura perpetuada durante poco más de tres décadas.

El grito final de Minerva fue una suerte de doble augurio: a los pocos meses de su femicidio y el de sus hermanas, Trujillo fue asesinado a balazos el 30 de mayo del `61. Y casi 40 años después del asesinato de las Mirabal, a iniciativa del gobierno de República Dominicana –y con apoyo de otros 60 países- la ONU proclamó, en 1999, el 25 de noviembre como Día Internacional de Erradicación de la Violencia contra las mujeres, en memoria de las hermanas Mirabal.

La fecha elegida para honrar a las hermanas Mirabal asesinadas en un triple femicidio, sugiere una suerte de asimilación de los dictadores con los machistas, sexistas y violentos con las mujeres. Si es así, ¿existen características en común entre dictadores y machistas violentos?

Esa asimilación me resulta interesante porque la elección del feminicidio contra las hermanas Mirabal, como día de lucha para terminar con la violencia contra las mujeres remite a una forma de violencia particular y nos invita a reflexionar sobre ello. Me refiero al hecho de que ese feminicidio* fue autorizado y ejecutado por el Estado de la dictadura de Trujillo. Por ello, creo que esta pregunta sobre si existen características en común entre los dictadores y los machistas violentos, está directamente vinculada a la pregunta por el Estado, el ejercicio de la violencia legítima y legal contra las mujeres y las formas que adquiere la violencia de género en la sociedad civil. Como feministas, debemos reconocer que el Estado es patriarcal. Esto no es nuevo, ya lo han anticipado y desarrollado grandes pensadoras como Carol Pateman y Catharine MacKinnon. En palabras de Pateman, el Estado es patriarcal porque su emergencia se asienta sobre un pacto sexual que subordina a las mujeres al espacio doméstico, dejándole al varón el dominio sobre lo público (pacto social). Desde allí, el Estado sería pensado, diagramado y ejecutado por varones y a su medida, explica Sol Calandria, desde Boston, donde disertó sobre Sexual morality, intimacy and gender rulings in Argentina (1887-1922), durante el Annual Meeting-American Society for Legal History.

Ahora bien, las formas que adquiere el Estado no siempre son las mismas. En un contexto de dictadura, la arista patriarcal del Estado se agudiza, junto con el ejercicio de la violencia, debido a que los modos de ejercer la autoridad se transforman. En este contexto, podemos pensar que la violencia contra las mujeres también, pero no sobre todas las mujeres por igual porque las dictaduras en América Latina siempre tuvieron un objetivo específico: terminar con Estados democráticos y de ampliación de derechos de los sectores menos favorecidos. Por este motivo, no es casual que se ordene desde el Estado el brutal feminicidio de tres militantes como las hermanas Mirabal.

En estos contextos, la forma particular que adquiere el Estado y el ejercicio de la violencia contra las mujeres ordenado y ejecutado desde allí, habilita y legitima la violencia patriarcal más allá de él. Con esto me refiero a la violencia machista propia de los varones de la sociedad civil y que se ejerce sobre todo, en el espacio doméstico, donde el Estado tiene pocas herramientas para intervenir y menos en un contexto de restricción de derechos. Es desde este punto que podemos pensar un vínculo o similitud entre las dictaduras y los machos violentos, en cuanto hay menos construcción y consolidación de derechos, se habilitan y legitiman otras prácticas violencias por parte de los varones de la sociedad civil.

Débora D´Antonio, sin embargo sostiene que “La asociación entre dictadura y machismo me resulta un tanto problemática, y si bien parece potente relacionar ambos fenómenos, su homologación puede constituirse en un obstáculo epistemológico a la hora de comprender fehacientemente el significado y las características de estos procesos a nivel histórico. Es cierto que tienen en común los aspectos opresivos; sin embargo, las diferencias y las escalas de ambos fenómenos son lo suficientemente diferentes como para necesitar un análisis por separado. Creo que es equívoco elegir el caso de las mujeres atacadas bajo la dictadura de Trujillo como una efeméride para pensar el abuso sexual porque resulta ser un ejercicio despolitizante. Y las hermanas Mirabal fueron asesinadas por su condición de activistas contra la dictadura de Trujillo. Uno de los mayores problemas respecto al abuso sexual es que se lo suele representar como perpetrado por personas extrañas. Sin embargo, en la mayoría de los casos el o los varones responsables de esos abusos suelen ser personas del entorno más cercano a las mujeres ultrajadas. De modo que elegir al dictador como una figura para pensar el tema del abuso sexual enfatiza tan sólo aquello que debiera ser cuestionado. No es difícil pensar en que un dictador sea también un abusador. Más difícil es percibir que los abusadores suelen ser hermanos, padres, amigos, vecinos o compañeros de trabajo. También resulta difícil hacer inteligible que la mayoría de los abusadores no se parecen a lo que nos imaginamos como personas violentas, sino que por el contrario, tienen la semblanza de ser varones buenos, comunes y corrientes. En este sentido, vale la pena volver sobre la figura de la “banalidad del mal” planteada por Hannah Arendt en las que los perpetradores suelen mostrarse incapaces de ejercer tales grados de represión u opresión. Para poder evaluar este punto conviene disociar ambas figuras más que presentarlas de manera conjunta. No se trata de negar que pueda haber características comunes entre varones dictadores y varones machistas, pero justamente las características que se presentan como no comunes son las que nos permiten abordar mejor las razones acerca de cómo ocurren las dictaduras y porqué. Las dictaduras sobrevienen (y se explican) por fenómenos sociales, económicos y políticos. Esto significa que obedecen a proyectos de dominación claramente formulados y articulados por un colectivo consciente que en función de sus intereses de clase ejerce una dominación fuertemente coercitiva.

A su vez, el abuso sexual debe ser explicado en sus propios términos y en relación a otros fenómenos, para que no sea una sorpresa y a la vez debe alcanzar intengibilidad para entender que hay masculinidades abusadoras en el marco del respeto del sistema democrático. En este sentido, al enlazar la figura del machista violento con la del dictador se tiende a subrayar más las aristas de la existencia de una semblanza “monstruosa” que la de gente común que puede perpetrar actos violentos en este sistema opresivo o en otro, sostiene D´Antonio, autora de La prisión en los años setenta: Historia, género y política (2016).

Hasta hace algunos años, se adjudicaba al silencio de los medios ser uno de los motivos de la falta de ´visibilidad´ de la violencia contra la mujer y por tanto, también como un motivo para la no concientización de la sociedad sobre este flagelo. No obstante, ahora no pasa casi un día sin al menos una noticia sobre casos de violencia y/o femicidios. Con esta nueva visibilización ¿no se corre el riesgo de ´acostumbramiento´ y así de una nueva invisibilidad?

D.D.: Es necesario prestar menos atención a los medios, tanto cuando no dicen nada sobre determinados temas como cuando sobre-informan respecto a tal o cual cuestión. El problema es que los medios calculan lo que dicen o lo que no dicen por sus propias lógicas de difusión y de comercialización. No creo que el problema de la profusión de noticias sobre abusos sexuales genere un acostumbramiento que lleve a la invisibilidad y tampoco creo que esto contribuya especialmente con algún tipo de prevención. De hecho, la alta presencia del tema enlos medios sí puede ser contraproducente y no porque genere acostumbramiento y/o invisibilización, sino porque la profusión de noticias sobre el tema, sin un debate serio, sin formación, sin que medien intereses educativos o pedagógicos puede derivar en intercambios estériles.

A veces esto también puede derivar en la difusión de repertorios de acción que muchas veces los abusadores replican por imitación para llevar a cabo un femicidio, como por ejemplo, quemar a sus compañeras y justamente eso, se difunde en los medios. En tal caso visibilizar no es salir a listar casos de abusos sino a debatir socialmente la amplificación de la violencia sexual. Algo que debe ser entendido como parte estructural de nuestra sociedad y no como una excepción o anomalía.

Sol: No suelo mirar mucha televisión, y menos noticias, porque me enervan. Pero no creo que el problema pase por un acostumbramiento, sino en el modo en que los medios visibilizan el problema de la violencia de género. Muchos medios, muestran a la sociedad la violencia de género desde el sensacionalismo, el policial o una “triste historia de una pobre víctima”. Muestran los feminicidios y violaciones como hechos aislados, en los que la mujer (víctima), es la culpable de que eso le suceda…si tenía la pollera muy corta, si salía muy tarde y se emborrachaba, si era prostituta, dónde estaban la madre y el padre, entre otros prejuicios más que conocidos por la sociedad.

Me pregunto cuándo los medios van a descubrir lo que Rita Segato llama “cultura de la violación”, es decir su carácter de acto de dominación y poder. Lo mismo podríamos pensar del feminicidio, en tanto forma de ejercicio del poder patriarcal que radica en perpetuar y reproducir una forma de dominación.

Los medios deben visibilizar el problema, pero de esta última manera, porque desde el sensacionalismo se corre el riesgo de recaer en el espectáculo o, peor aún, en la naturalización del problema. En ese sentido, si los medios pudieran dar cuenta de que este es un problema estructural y no individual (culpabilizando a las mujeres), aportarían a pensar y reflexionar socialmente sobre un problema que no es ajeno, que no le pasa sólo a algunas mujeres, sino que nos es propio.

Pese a la tipificación del delito, el avance en políticas públicas, la visibilidad y la concientización en la sociedad, según distintas cifras -tanto oficiales como privadas- en 2019 ya fueron asesinadas en el país más de 235 mujeres. ¿Se pueden prevenir los femicidios?

Sol: Esta pregunta debe pensarse en clave de lo que desarrollaba en la pregunta anterior, porque las políticas públicas deben pensarse y ser diseñadas para abordar  la violencia de género de una manera estructural y a largo plazo. La cultura patriarcal atraviesa de forma medular nuestra cultura y sociedad, entonces las medidas deben ser tomadas partiendo de ese punto. En ese sentido, podemos pensar que, por un lado, deben tomarse medidas que apunten a una transformación cultural a largo plazo, como es la E.S.I. (Programa Nacional de Educación Sexual Integrada, generado a partir de la sanción de la Ley 26.150, en 2006). Esta ley debe ser entendida como una de las claves para erradicar la violencia de género, por ello su implementación hoy se transforma en una urgencia. Por otro lado, también necesitamos el armado y mejora de políticas públicas para la prevención y contención, con ello me refiero desde la formación en materia de género de los operadores jurídicos hasta la implementación de refugios de mujeres que cuenten con instalaciones aptas para contener a aquellas mujeres que deciden terminar con una situación de violencia sistemática y, generalmente, esto significa abandonar sus propios hogares.

D.D.: Es necesario estudiar profundamente el fenómeno por medio de etnografías, estudios sociológicos, estudios históricos y encuestas, y a partir de ellos, desarrollar mejores políticas de prevención y educativas. Muchas investigaciones no buscan comprender el fenómeno sino confirmar la condena moral a los abusadores sexuales. Obviamente que la condena moral es necesaria pero mucho más lo es avanzar en la posibilidad de un cambio cultural respetuoso de las diferencias de género donde no exista el sexismo. En ese sentido necesitamos ir más allá de las denuncias y comprender, cómo y porqué ocurre lo que ocurre. Debemos saber que en algunos casos hay patrones que potencian los femicidios. Me refiero, por ejemplo, a los casos en los cuales se observan procesos de migración de familias enteras que pasan de zonas rurales tradicionales a zonas urbanas. En esta transición la familia no sólo se desplaza geográficamente sino que además se mueve de una cultura rural a una cultura urbana. Si en las zonas rurales de origen había roles de género decididamente más tradicionales y el varón era proveedor económico, la migración a las ciudades pone en tensión este esquema: los varones no siempre consiguen los trabajos que deseaban, mientras que a las mujeres les resulta más fácil insertarse y contar en tal caso con mejores ingresos. Los varones se quedan en el hogar y son las mujeres la que salen a conseguir dinero. Esta “inversión” de los roles es percibida muchas veces como frustrante por los varones y, en oportunidades, se tornan violentos. Claro que esto es solamente un patrón que se destaca entre otros muchos posibles. Tampoco es posible afirmar que los cambios sociales y la frustración de los varones que pierden poder en esta nueva cultura justifican “la violencia”. Sin embargo, sí es posible pensar que las características de este patrón contribuya con una definición de políticas preventivas: redes de apoyo mutuo entre mujeres, talleres para varones sin trabajo que valoricen la posibilidad de que estos hagan trabajos domésticos. Ahora bien, para esto hay que analizar en qué situación social, económica, familiar y cultural están los varones abusadores y las mujeres abusadas. ¿qué tipo de patrones se entrelazan dando lugar al abuso?.

El femicidio es el modo extremo de la violencia machista, pero hay muchos otros modos de violencia que padecen cada día miles de mujeres, tanto en el ámbito doméstico, como el institucional y el laboral, tal como muestran los más de 20.000 llamados mensuales a la Línea 144 del Observatorio Nacional de Violencia contra Mujeres. Vale destacar que el 94% de los llamados refieren a casos de violencia psicológica. ¿Existe un ´patrón´ de machistas que generan violencia psicológica?

D.D.: Como venía planteando, el machismo no es un fenómeno cultural que actúa vacío: está entrelazado con patrones socio-económicos, políticos, familiares, espaciales, laborales, culturales. Sin entender los fenómenos que se articulan con el abuso y la violencia no es fácil prevenir, ni evitar ni erradicarlo.

Sol: La violencia psicológica es una de las tantas formas de violencia que sufrimos las mujeres, otras formas pueden ser físicas y simbólicas. Las violencias psicológica y simbólica se expresan muy a menudo en los ámbitos laborales, mientras que la violencia física suele llevarse a cabo, más regularmente, dentro del espacio doméstico. 

Por ello, creo que más que pensar en cómo identificar varones violentos y construir estereotipos de ello, hay que problematizar las prácticas violentas. Es decir, debemos preguntarnos (entre otras muchas cuestiones): quiénes son los que ascienden y ocupan cargos de jerarquía; qué voces son legitimadas y autorizadas en los espacios cotidianos de trabajo y, especialmente, en los cargos jerárquicos; de quiénes se burlan y apuntan los chistes que son parte de la sociabilidad cotidiana de las oficinas y comercios, quiénes preparan en el café y son las encargadas de tomar apuntes en las reuniones, entre otras preguntas indicativas de machismo. En ese sentido, comenzar con estas preguntas básicas, puede ayudarnos a reflexionar, identificar y desnaturalizar las prácticas patriarcales y violentas dentro de los espacios laborales.

Las Naciones Unidas recuerdan en este día que la violencia contra mujeres sigue siendo una pandemia a nivel mundial, y que el 70% por las mujeres sufren violencia en su vida. Ante estos datos y los avances alcanzados, ¿la erradicación de la violencia patriarcal es una posibilidad o una utopía?

Sol: Creo que la erradicación de la violencia patriarcal, más que pensarla como posibilidad o utopía, hay que pensarla como un horizonte. Y, para que alcanzarlo sea más factible, hay que trabajar duramente no sólo desde el armado de políticas públicas desde una perspectiva feminista, sino desde nuestro hacer cotidiano. Preguntarnos, sobre la violencia de género y las formas en que son ejercidas para desnaturalizarla y problematizarla en cada uno de los espacios que transitamos día a día, también es una forma de luchar para que ese horizonte sea posible.

D.D.: Resulta difícil erradicar la violencia sexista sin un cambio social más profundo que involucre cuestiones más amplias: como la explotación de clase, la segregación racial o las múltiples formas de opresión de género y sexual. Creo que un nuevo contrato de género entre las diversas partes requiere una refundación crítica de los vínculos que hasta ahora conocíamos. Esto va a llevar tiempo. Y mientras tanto, vamos aprendiendo y nuestras preguntas van cambiando.

*Calandria aclara que utiliza el término feminicidio ´ (y no ´femicidio´) a partir de la definición de Marcela Lagarde, quien se refiere al mismo como ´asesinato cometido contra las mujeres por el sólo hecho de ser mujeres, como culminación de un acto de violencia pública o privada.

Débora D´Antonio es Dra. en Historia por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Asienta sus investigaciones en el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y es profesora de grado y posgrado de la misma universidad. También compiló Violencia, espionaje y represión estatal. Seis estudios de caso sobre el pasado reciente argentino (2018) y Deseo y Represión: Sexualidad, Género y Estado en la historia reciente argentina (2015), entre otros.

Fue asesora en Historia del Archivo Nacional de la Memoria (Secretaría de Derechos Humanos de la Nación) y para el Ministerio Público Fiscal en causas de Lesa Humanidad. Integra el Observatorio de Violencia Laboral del CONICET.

Sol Calandria es Doctora en Historia por la Universidad Nacional de La Plata; Becaria Doctoral del CONICET en el Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (IDIHCS), La Plata.

Es autora, entre otros artículos, de Madres criminales: aportes sobre el infanticidio y la criminalidad femenina bonaerense en clave sociodemográfica (2017) y Resquicios jurídicos en el discurso del poder: honra y moralidad sexual en los fallos de infanticidio (provincia de Buenos Aires, 1887-1921) (2018).

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