José Lezama Lima, uno de los grandes escritores cubanos

Formó parte del llamado boom de la literatura en los años sesenta, al que también pertenecieron Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Jorge Luis Borges entre otros.

José Lezama Lima fue un poeta, ensayista y novelista, considerado una de las más grandes figuras de la literatura cubana

Fuente: Leedor

José Lezama Lima (1912-1976) fue un poeta, ensayista y novelista, considerado –junto a Alejo Carpentier– una de las más grandes figuras de la literatura cubana. Fue, además, un gran referente del neobarroquismo, cuya influencia se vio especialmente en Severo Sarduy.

Formó parte del llamado boom de la literatura en los años sesenta, al que también pertenecieron Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Juan Rulfo, Carlos Fuentes y Mario Benedetti, entre otros. Su obra más lograda fue la novela Paradiso (1966), en la que hay reminiscencias bíblicas y de Dante Alighieri. También allí se fusionan elementos autobiográficos y de la novela de aprendizaje, una fuerte presencia del erotismo y la presentación de una Cuba casi mítica.

En su poesía, se nota su gran conocimiento de Luis de Góngora y de las corrientes culteranas y herméticas. Devoto del idealismo de Platón y ferviente lector de los poetas clásicos, estas ideas se plasmaron en la revista Orígenes, de la que fue fundador, con José Rodríguez Feo, en 1944. También dirigió Verbum (1937), Espuela de plata (1939-1941) y Nadie parecía (1942-1944).  Su libro de poemas inicial fue Muerte de Narciso (1937), al que siguieron Enemigo rumor (1941), Aventuras sigilosas (1945), La fijeza (1949) y Dador(1960).

El abrazo

Los dos cuerpos
avanzan, después de romper el espejo
intermedio, cada cuerpo reproduce
el que está enfrente, comenzando
a sudar como los espejos.
Saben que hay un momento
en que los pellizcará una sombra
algo como el rocío, indetenible como el humo.
La respiración desconocida
de lo otro, del cielo que se inclina
y parpadea, se rompe
muy despacio esa cáscara de huevo.

La mano puesta en el hombro de la mujer.
Nace en ellos otro temblor,
el invisible, el intocable, el que está ahí,
grande como la casa, que es otro cuerpo
que contiene y luego se precipita
en un río invisible, intocable.
Las piernas tiemblan, afanosas de llegar
a la tierra descifrada,
están ahora en el cuerpo sellado.
Comienza apoyándose enteramente,
un cuerpo oscuro que penetra
en la otra luz
que se va volviendo oscura
y que es ella ahora la que comienza
a penetrar.
Lo oscuro húmedo que desciende
en nuestro cuerpo.
Tiemblan como la llama
rodeada de un oscilante cuerpo oscuro.
La penetración en lo oscuro,
pero el punto de apoyo es ligeramente incandescente,
después luminoso
como los ojos acabados de nacer,
cuando comienzan su victoriosa aprobación.

La mano no está ya en el otro hombro.
Se establece otro puente
que respaldan los cuerpos penetrantes.
Ya los dos cuerpos desaparecen,
es la gran nebulosa oscura
que apuntala su aspa de molino.
Los dos cuerpos giran
en la rueda de volantes chispas.
Como después de una lenta y larga nadada,
reaparecen los cabellos llenos de tritones.
Miramos hacia atrás separando el oleaje
Y aparece el desierto con alfombras y dátiles.

Los dos cuerpos desparecen
en un punto que abre su boca.
Lo húmedo, lo blando,
la esponja infinitamente extensiva,
responden en la puerta,
abrillantada con ungüentos
de potros matinales
y luces de faisanes con los ojos apenas recordados.

El dolmen que regala los dones
en la puerta aceitada,
suena silenciosamente su madera vieja.
Los dos cuerpos desaparecen
y se unen en el borde de una nube.
La manta, la lechuza marina,
seca el sudor estrellado
que los cuerpos exhalan en la crucifixión.
El árbol y el falo
no conocen la resurrección,
nacen y decrecen con la media luna
y el incendio del azufre solar.
Los dos cuerpos ceñidos,
el rabo del canguro
y la serpiente marina,
se enredan y crujen en el casquete boreal.

 

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