La profecía autocumplida

Continuando con la serie de artículos referidos a las expectativas, luego de haber analizado el funcionamiento general de las expectativas en la economía, las perspectivas de los sectores de clase media y en el empresariado, es pertinente preguntarse si las expectativas son realmente lo suficientemente poderosas para moldear el futuro. Por José Marcantoni.

En la cuarta y última entrega del ciclo “Las expectativas”, el economista José Marcantoni plantea los desafíos que esperan al desarrollo económico argentino.

Por definición, una profecía autocumplida es una predicción que una vez realizada, es en sí misma la causa de que se haga realidad. Cuando un conjunto de personas hacen afirmaciones y se cree o influye positivamente sobre la ocurrencia de cierto fenómeno, esas aseveraciones adquieren fuerza y se vuelven realidad.

En macroeconomía existe lo que se denomina la Teoría de los Ciclos, que establece que existen ciclos durante los cuales el comportamiento del Producto Bruto Interno (PBI) varía a intervalos (hacia arriba y hacia abajo), pasando de períodos de auge a períodos de decrecimiento. Estos ciclos son situaciones esperables que se darán naturalmente de tanto en tanto, pero si se cae en profecías alarmistas o expectativas persistentes negativas, éstas pueden empeorar situaciones puntuales hasta transformarlas en verdaderas crisis –cambios de ciclo hacia un ciclo depresivo-. El principal inconveniente de esto es que tanto en épocas de auge como en épocas de depresión, se sobreestiman las expectativas, alargando la duración (intervalos) del ciclo, adelantándolo o atrasándolo respecto al tiempo que debería ser considerado natural en función de la teoría antes mencionada.

Muy probablemente se conseguirá entonces, ingresar en una etapa recesiva anticipadamente al producir demasiadas expectativas negativas, lo cual hace infructuosos los esfuerzos que puedan hacerse desde la política económica que pueda hacer un país para contrarrestar los ciclos negativos o variables económicas desfasadas.

Un ejemplo de esto es que durante la época de Allende, en el vecino país de Chile, un diario publicó que no había insulina en las droguerías (lo cual no era correcto), pero ante esa noticia, los diabéticos arrasaron con los stocks de las farmacias para proveerse a sí mismos de un stock de seguridad para paliar la supuesta escasez de insulina. Esto terminó provocando efectivamente la escasez de insulina.

De la misma forma sucede en la economía: si se espera un panorama desafiante,  los empresarios no realizarán nuevas inversiones, los consumidores reducirán su nivel de consumo, etcétera, generando de esta manera un círculo vicioso de baja de consumo – caída de ventas – baja de niveles de inversión. Esto sin poner en la ecuación, los niveles de empleo y otras variables sumamente importantes. Probablemente estén muchos empresarios, “a la espera” de ver cómo evolucionan las variables para recién entonces realizar las inversiones o intentar acrecentar el mercado objetivo. El problema radica en que sin inversión ni búsqueda de mercados, seguramente las empresas no estarán mejor, sino por el contrario, peor. La buena noticia, es que lo mismo es válido al contrario, es decir que si hubiese expectativas positivas generarían un círculo virtuoso.

Recientemente, en la fiesta de la vendimia de este año altas fuentes del gobierno hicieron foco en las expectativas económicas aportando datos duros de mejora de algunos indicadores, como por ejemplo siete trimestres seguidos de crecimiento, récord de turismo, el crecimiento del crédito hipotecario, los avances en el sector de la construcción y la obra pública. Se intenta entonces, evitar la “profecía autocumplida” y revertir las perspectivas hacia un horizonte más alentador. Está implícito en esto la asignación de valor a las expectativas como formadoras del futuro económico.

Cabe preguntarnos cómo a pesar de esos datos, en términos generales, persiste una perspectiva negativa. La respuesta está en que esa bonanza económica no se distribuyó uniformemente, sino que hay sectores que crecen mientras que una importante mayoría afronta importantes dificultades, retroalimentando las expectativas negativas. Principalmente, las clases baja y media, además de las Pymes (que son a su vez las principales proveedoras de empleo privado en el país) son las más afectadas. Aquí interviene la distribución del ingreso o para ser más específico, la concentración del ingreso en la economía como una de las aristas importantes al momento de gestionar las expectativas.

De mi parte, entiendo la economía y finanzas como herramientas resolutivas para problemas no sólo económicos sino sociales.

Tenemos como país el desafío de transformar el futuro esperado de los argentinos en realidades económicas palpables. Conjuntamente con esto, corresponde aportar las medidas pertinentes para al menos moderar la concentración de los mercados, es decir, lograr un crecimiento y distribución del ingreso lo más equitativo posible entre todos los actores económicos. Sólo así habrá buenas expectativas, crecimiento sustentable y de haber profecía autocumplida, será positiva en sus resultados.

 

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