Entrevista a Pablo Díaz, sobreviviente de La Noche de los Lápices

Sus compañeros quedaron en el camino y él, sobreviviente, mantiene una fantasía: volver a encontrarse con ellos y poder decirles que dio testimonio, que mantuvo viva la memoria.

Pablo Díaz es un sobreviviente de La Noche de los Lápices. Descubrió la militancia siendo aún un niño, atravesado por las frecuentes marchas en una ciudad de trabajadores fabriles y estudiantes universitarios. Ya en la escuela secundaria fue alentado por su profesor de religión a organizarse y formar un centro de estudiantes. 

Fuente: UBA

¿Cómo empezaste a vivenciar la política?

En la Ciudad de la Plata,  yo vivía en el barrio céntrico. Daba a tres cuadras de la plaza donde se concentraban las marchas del peronismo. Ya a los 11, 12 años nos escapamos e íbamos a la plaza y veíamos ese folklore autóctono del peronismo, con los bombos, los parlantes, la música, la gente. Nos entró por un folklore escénico, vimos una foto en la cual había mucha gente que supuestamente nos representaba, una liturgia popular. Nos empezó a entrar por la piel, porque, paradójicamente, nunca leímos libros ni a los 11, ni a los 15, ni a los 16. Fue todo una instancia mística, te acercás y ves que te pueden representar en muchas banderas.

En ese entonces, la Ciudad de la Plata era una ciudad trabajadora en su cordón de Benicio y Ensenada, fabril, y con muchos universitarios. A su vez, no existían otras universidades más que en las grandes ciudades, por eso, había muchos estudiantes del interior de la provincia de Buenos Aires en La Plata. Para nosotros, que íbamos desde los 12 años a los comedores universitarios, esos estudiantes eran como nuestros hermanos mayores. Nosotros éramos niños independientes, y los esperábamos afuera y nos regalaban la fruta. Toda esa liturgia…Todo eso entró por los ojos y la piel.

¿Qué pasó cuando comenzaste el secundario?

En la secundaria, entré en primer año al Colegio Estrada, privado, dependiente del Arzobispado de La Plata. Mi profesor de religión nos introdujo en la política, porque era peronista. Así, se nos legalizaba mucho el tema de la militancia con el colegio. Nos enseñó a organizarnos y vimos en los centros de estudiantes la posibilidad gremial y, además, se dio un encuentro generacional.

Nosotros veíamos que podíamos llegar a una síntesis común sobre lo que nos pasaba a nosotros individualmente y llevarlo a un colectivo en el cual nosotros éramos los representantes de la mayoría de los chicos.

Cuando estaba en primer año, salíamos de la dictadura de Onganía y comenzábamos a transitar la democracia. Entonces hubo una ley por parte de la Dirección General de Escuelas de la Provincia de Buenos Aires, que decía que las autoridades del colegio iban a ser los representantes de los estudiantes secundarios. ¡Pero…no! Los centros de estudiantes tienen que tener una representatividad propia de los estudiantes. La consigna fue “participación y centros libre” y ganamos ese pedido de organización.

¿Cómo se organizaban entonces los centros de estudiantes?

En la Ciudad de La Plata se dieron tres formas de organizativas de los centros de estudiantes. Una era la que se daba en mi escuela: cada división elegía dos delegados, que podían ser el mejor alumno, el mejor compañero, el que levantara la mano y dijera: “esto a mí me interesa”. De ahí salían dos delegados. Todos los delegados iban a una asamblea y de ahí elegían el presidente, el secretario, etc.

La otra organización era una participación electoral en listas de fantasías, con nombre de fantasía, no sobre la identificación partidaria. Podía llamarse “Batman”, por ejemplo. Era por juntada de amigos, los que más se relacionaban se juntaban por una lista fantasiosa y participaban en las elecciones.

La otra, que se daba en los colegios de la universidad, Colegio Nacional de la Plata, Colegio Bellas Artes, etc. era por lista de conformación de agrupaciones políticas partidarias. Siempre la estructura de los colegios de la universidad venía de una mayor politización de los universitarios. Participaban abiertamente la UES, la Juventud Guevarista, los radicales, los comunistas… El que ganaba, ganaba como agrupación política partidaria.

Aclaro que en el colegio privado al que yo iba, el Colegio Estrada, finalmente nunca pudimos conformar el centro de estudiantes, así que me echaron. ¡Al profesor de religión también!

¿Cómo sigue tu militancia?

Pasé a otro colegio al que íbamos caminando porque no era lejos. Ahí empecé a militar. Se fueron fusionando las organizaciones a partir del 73/74 y fueron el nacimiento de agrupaciones más fuertes. Pero mi participación era en la UES.

El colegio al que pasé se llamaba “España” y le decían “Legión Extranjera”, porque íbamos todos repetidores y ya el presidente de la Legión Extranjera tenía un grado de mayor rebeldía. Durante la conformación de los centros, en forma todavía informal pero casi organizativa y coordinando con los distintos centros, elegimos en el año 1974 hacer viajes de trabajo social.

Coordinamos con colegios de Mar del Plata, Rosario y Córdoba fuimos a la provincia de Jujuy 1000 estudiantes secundarios a  hacer un trabajo. En ese momento, había mal de chagas en el Norte muy profundo, que para matar a la vinchuca había que hacer correr el agua en zanja para que no se estancara y juntar los ranchos de cal que las mataba.

Esa otra realidad los habrá marcado…

Nuestra experiencia fue descubrir otra Argentina. Muchos de la Ciudad de La Plata veníamos de familias de clase media, media alta. La realidad con la otra Argentina, más profunda, olvidada, estancada en la pobreza nos produjo un choque a nosotros, y por lo tanto mayores convicciones.

Pero había una cosa particular, si bien nosotros ya veíamos las distintas clases sociales en las  marchas de los fabriles, también los trabajadores tenían otra constitución social, tenían un sueldo básico que lo sacaba de la pobreza. Lo podíamos ver en las mucamas, en nuestras casas. Quien limpia una casa tiene una instancia social diferente a la nuestra, tiene otras necesidades, pero no era para nosotros un dato de la situación social de la Argentina, había algo que no descubríamos a través de las personas que vivían en los barrios periféricos.

Volvimos muy angustiados después de esos viajes. Ahí determinamos organizarnos y surgió la Coordinadora de Estudiantes Secundarios. Cada escuela, si bien tenía un centro, tenía distintas comisiones (peña, de comunicaciones…), pero empezamos a valorar otras cosas, hicimos la comisión de solidaridad, nacieron los apoyos escolares en los barrios periféricos y empobrecidos de la ciudad de la Plata.

Tuvimos grandes discusiones sobre si podíamos enseñar  lo que aprendíamos, si podíamos ser los maestros de aquellos padres que no sabían leer y escribir, de compañeros que no tenían la oportunidad de ir a la escuela, o hijos de compañeras que de muy temprana de edad quedaban embarazadas.

La Coordinadora nació en función de la comunidad y para meternos de lleno en eso. Todo esto fue creciendo, nosotros crecíamos políticamente, porque veíamos estas realidades. Siempre necesitás hacer algo más, porque no ves qué modifica la realidad, sino que la íbamos asistiendo y no queríamos sólo asistirla. Había un tema de alfabetización muy importante. Nos convertíamos en maestros y nos gustaba.

Haciendo esta experiencia nos pasó una cosa muy importante: cuando íbamos a los barrios, encontrábamos personas tal cual como nosotros, pero a quienes los arrastraba su realidad.

¿Cuándo comenzó la lucha por el boleto secundario?

En 1975 hubo una crisis económica muy profunda y se planteó en una asamblea de la CES de colegios industriales y nocturnos, de que no podían pagar el boleto o que la educación, aun gratuita, tenía un costo que hacía que estudiantes que vivían en barrios periféricos abandonaran.

Salimos a dar respuesta, que, en principio fue el boleto, pero no sólo eso. Nosotros ya teníamos una convicción política, éramos adultos políticamente, ya habíamos entendido la realidad y la cuestionábamos. Me acuerdo una discusión que tuve con una profesora que en biología nos hacía cortar un sapo. Yo decía: ¿cuándo voy a abrir un sapo de adulto,  cuando la realidad social y con esa crisis económica hacía que abandonaran chicos? No servía para nada. Pero esos cuestionamientos críticos no nacieron de un repollo, nacieron de un proceso.

¿Y qué pasaba fuera del ámbito escolar?

En el medio, se daban miles de situaciones de adolescentes que se cruzaban con la  militancia. De hecho, nunca entendimos los grises del sistema. Hasta juzgábamos a nuestros padres cuando negociaban con el sistema, porque perdían esa forma de confrontación desde el punto de vista crítico, de una sociedad.

El punto más alto está en la adolescencia, porque ¿qué perdemos nosotros los adolescentes en ese punto crítico de lo que está bien y lo que está mal? Nada. Pero podíamos ver lo que estaba pasando. A mi padre nunca le gustó que lo juzgara, de que no entendiera por qué  negociaba con el patrón, con el sistema. Además, no teníamos sobremesa familiar, en cuanto al diálogo. Yo siempre creí que la primera institución de la militancia política o institución de la adolescencia en el aspecto crítico estaba en el centro de estudiantes, en la escuela. Pero no, está en la familia.

¿Sus padres sabían de la militancia de Uds. los adolescentes?

Nosotros teníamos una militancia clandestina, porque nuestros padres no entendían que participáramos al margen de estudiar en una instancia de agrupación política partidaria, no entendían que fuéramos críticos del sistema mientras éramos adolescentes. Pero el adolescente tiene su identidad política, social, gremial y hoy, hasta sexual, desde chico.

Es una instancia de identidad, de libertad, un proceso a partir del descubrimiento particular e individual con la ayuda colectiva, de tus amigos o del contexto o de lo que viste en la calle. Nosotros no podíamos plantear eso, porque nuestros padres siendo inmigrantes españoles, italianos eran autoritarios: mi padre me echó a los 16 años de mi casa porque me descubrió hablando con mi mamá del Che Guevara. Me echó. Me fui a lo de mi abuela, que pesar de ser conservadora era afectiva, me quería por la sangre.

Mi abuela era radical, gorila, y yo de la UES. Me decía: “No, porque Perón se paseaba en la motoneta con billetes en la  bragueta para las chicas de la UES”. Pero era una conversación afectiva, lo de mis padres era una confrontación ideológica. Hoy no puede haber una militancia clandestina porque los padres somos nosotros. Tenemos también  derechos adquiridos a lo largo de los años. Nuestra militancia fue clandestina de todo punto de vista, eso fue de nuestras mayores angustias que vivimos pero era una de las mayores necesidades de estar juntos.

¿Hoy cambió esa distancia entre padres e hijos?

EL adolescente, hoy por hoy, tiene mayor instancia política de la que teníamos nosotros. No éramos masivos, éramos grupos reducidos. El adolescente no tiene vergüenza o prejuicio en decirnos lo que estamos negociando o hemos perdido, en el ámbito de la lucha, de la transformación de la sociedad. Está claro que la sociedad injusta la mantienen los adultos.

Ahora hay una amplia parte de la población que sobre esas instancias críticas de los adolescentes en la pureza de su estado, nos va dando vergüenza. A veces tengo vergüenza de algunas críticas que me hace mi hija porque sé que tiene razón. Si dejamos de ser revolucionarios, nos adaptamos al sistema y en el sistema perverso en sí mismo, porque sostiene ricos y pobres. En este, para sobrevivir, para tener vivienda y alimento se necesita dinero. La mayor perversión de un sistema que puede haber y es lo que mayor genera desigualdad y por la cual sobrevivís, que es el dinero. El dinero conforma la desigualdad social.

¿Qué ves de bueno y de malo entre lo que ha cambiado?

Una de las cosas que veo es sobre los derechos y la conciencia adquiridos. Cuando yo pido ver a Claudia en el campo de concentración donde estaba ella, hubo una cosa que me dijo que para mí fue anécdota en el contexto del horror.

Ella me dice que ella no podía ser más mujer porque la habían violado por delante y por detrás. Para mí fue anécdota en el contexto del horror donde estábamos y se me pasó.

Pero no solamente funcionó así para mí, sino para todos. Cuando yo daba testimonio en los juicios, no hubo un juez que me detuviera a contar sobre esto, que hoy se conoce como delito. No hubo periodista que me preguntara, ni hubo una sociedad que se cuestionara lo que Claudia me había contado.

Pero con el tiempo, viendo los derechos adquiridos de la mujer, con las marchas de Ni Una Menos, digo: “Claro, ella se adelantó” porque lo que decía ella de “no ser más mujer” hoy, entiendo, representa que lo más importante para ella era la decisión de con quién hacía el amor, a quién guardaba su parte más preciada que era la decisión sobre su propio cuerpo para estar con quien ella decidiera.

Cuando lo conté en los juicios, nadie me paró y me pregunto qué delito era ese, que es el de la violación. Treinta años atrás, no era visible el derecho de la mujer. De entre las torturas, el estar tirada en un calabozo sin comer, sin caminar, a ella le importó el amor. Yo le propuse ser novios si salíamos, pero ella tenía vergüenza. Creo que es un aspecto de los derechos humanos. Las decisiones de con quién se está son respetables, por la decisión, por tu propio cuerpo.

¿Qué les transmitirías a los jóvenes de hoy?

A mí me pasa que sé lo que es ser progresista, pero por el otro lado, en función de lo que me pasó, de tener las heridas que me dio el campo de concentración, me lleva a proteger a mi hija, Amparo, más que a llevarla a volar. Son una de las grandes contradicciones que podemos tener los adultos, porque hemos vivido nuestra adolescencia. Una de las cosas que más placer me da es sentarme en el banco de la plaza y verlos pasar. Cuando uno llega a adulto, no hay placer mejor en la vida que sentarse en el borde de la cama o en un banco de plaza y preguntarte qué fue de tu vida. No hay placer más grande que contestarte que hiciste algo por otro, que diste tiempo de tu vida para cambiar algo. No importa si no lo lograste. No hay placer más grande que el contestarte: “sí, viví, milité, me preocupé”.

Por el otro lado, yo les puedo asegurar que todos tenemos fantasías. Mi fantasía es que yo me voy a volver a encontrar con ellos y que voy a pasar el examen de lo que hice por ellos. Con un 4, nunca fui buen alumno. Pero yo sé que el haber salido, testimoniado, el haber sido el primero que dio testimonio, el haber hecho la película, el haber mantenido la memoria, sé que eso, si alguien de nosotros tenía que sobrevivir, tenía que haber hecho eso. Bueno, yo lo hice. Esta es mi fantasía.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *