Julius Solo: cuando el soul ataca

Canciones de amor para bailar, sueltos y apretados.

Hay un músico que tiene historias que contar, bastantes caminos recorridos y más que nada, groove, mucho groove. Desde la barra de vínilo brillante, mete en el blender un par de medidas de soul, un trago de rock, bate y lo adorna con un pop británico. Así sale Julius Solo. Recomendamos servir frío.

Es alto y flaco. Guapo. Un chico con garbo. Lo he visto tocar la batería en varios proyectos de rock (Satélite!, Los Telépatas, Ahora), pero en los últimos tiempos ha sacado a relucir su gusto por el soul y el folclore. Mucho de ese encuadre resuena en su flamante álbum debut, bajo el mismo nombre con el que ha bautizado su trayectoria solista, Julious Solo. Son doce canciones que se pueden escuchar  y que en su formato físico ya se consigue en las disquerías del ramo. Allí mismo se puede leer: “#OtroSoul = Canciones de amor para bailar, sueltos y apretados. #OtroSoul = Un cóctel de música soul, 60s pop, bolero y bossa nova”. Así se visten y revisten estas doce canciones, donde sobresalen el hit derecho a la radio Anoche y la versión trip soul de una zamba muy delicada, Zamba para olvidarte.


TAPA DISCO

Una mañana de octubre, con café y medialunas de por medio, charlamos de los viejos tiempos –cuando era un adolescente que se desplazaba desde su Rincón natal, en el Tigre, hasta una sala de ensayo en Flores–, amores y desamores, ciudades colapsadas, vinos boutique, proyectos inconclusos, lecturas hipotéticas, amigos en común y, claro, de su muy disfrutable primer disco. Aquí las preguntas y respuestas que se pueden publicar. (Risas)

En tu pasado como baterista supiste integrar varios grupos de rock pero ahora en tu faceta solista mostrás tu costado soulero. ¿Cómo llegaste a forjar esta identidad musical?

Crecí escuchando tango, folclore y boleros, básicamente de la mano de mi viejo. El rock fue algo que encontré más adelante en mi vida y que captó mi atención durante un buen rato, así como luego también lo hicieron los ritmos afro, la música brasilera y el jazz, principalmente por mi formación como baterista. En el año 2000 me inscribí en la escuela de música popular de SADAIC, y fue allí que me reencontré con esas primeras músicas de mi niñez, pero esta vez desde un lugar más analítico. También fue entonces cuando comprendí la importancia de las músicas populares, de las canciones, de la música con letra. Yo venía muy enganchado con el jazz y el drum ´n bass en esa época, con un enfoque mayormente instrumental. Ese período coincidió con la separación de Satélite! y mi alejamiento durante casi 5 años de la batería. Lo que puedo asegurarte es que cuando retomé ese instrumento yo ya había entendido la función que debía cumplir como marco de la canción. Supe que tocando mucho menos era mejor instrumentista, porque lo más importante de las canciones son las historias que cuentan, no los fills, mucho menos los solos. Volviendo a tu pregunta, para mí el soul refiere a la manera en que se concibe e interpreta la música, no tanto con un formato estético determinado. Por eso es que yo digo que hago “otro soul”, ya que es una interpretación personal atravesada por otros géneros propios de este continente. El tango, el folclore y todas las músicas populares surgieron de la fusión de las culturas autóctonas con las europeas y africanas; yo intento continuar con esa tradición, a mi manera.

¿Qué encontraste en el soul que el rock no te permitió desarrollar?

Libertad. Riesgo. Groove. Un desafío que el rock –como género estético– hace rato no me ofrece.

En el disco se destaca una versión muy particular que hiciste de un clásico de la música popular, Zamba para olvidarte.

Como te contaba antes, yo crecí escuchando folclore, especialmente música cuyana, pero también muchas zambas, chacareras, gatos y la música del litoral, que es tan bonita –de chico también hice danzas folclóricas y hasta tomé un par de clases de bandoneón–… Me faltó visión, che. (Risas) Admiro profundamente a los grandes poetas del folclore y su conexión con la tierra; tienen un manejo de la belleza, la simpleza y la profundidad que me emociona hondamente. Muchas veces me descubro cantando alguna zamba y –amén de que muchas veces la emoción me impide terminarla– noto que mi interpretación se llena de otra sensibilidad, otra cadencia. No descarto un día hacer un disco de versiones de canciones folclóricas que me gustan. En el caso de Zamba para olvidarte, esta versión se me ocurrió en 2008; en ese entonces todavía estaba olvidada. Hoy tiene montones de nuevas versiones que le hacen justicia a ese gran creador que fue Daniel Toro. En mi caso, se trata de un homenaje a su espíritu: él fue uno de los primeros folcloristas que en los años 70 tomó el riesgo y combinó los ritmos folclóricos con otras músicas, incorporando instrumentación no tradicional. Los ortodoxos no se lo perdonaron. Yo traté de rescatar su espíritu de riesgo y provocación y lo que escuchaste es lo que salió.

Entre la canción sentida y el groove hipnótico, el repertorio lírico está repleto de resonancias amorosas. ¿Qué te llevó a esta profundizar a través de esta mirada?

Cada uno escribe de lo que conoce, creo. “Pinta tu aldea…”, ¿no? Las letras de este disco tienen una gran cuota autobiográfica que representa el período en que germinó este proyecto –2008, bajo la influencia de Cinema Trascendental, de Caetano Veloso– hasta 2012. Es un testimonio de mi vida, una colección de polaroids, un álbum de postales.

Participaste en el reciente Todo se parece a mañana, el disco de El Vértice –el proyecto de dos hijos apátridas de San Isidro, Pablo Martín y Gigio González–, ¿cuál es tu vínculo con ellos?

Con Pablo nos conocimos en 1996. Tocamos juntos en Satélite! –yo lo contacté por un aviso de la revista Segundamano en el que buscaban baterista–. Luego Pablo se fue a vivir a Nueva York y la amistad siguió firme, fortificada por la gran conexión musical que siempre tuvimos. En 2010, me fui a vivir allá y volvimos a tocar juntos, como base de Mimi Maura, en sus primeros shows en Nueva York. Compartimos muchas charlas y colaboramos en nuestros proyectos (él hizo el mastering de mi disco y tocó el bajo como invitado en Cuando llegue el amor). Nos queremos mucho y cada vez que él viene a Buenos Aires tiene carta libre para trabajar en mi estudio, Tú Mismo Música. Escuché hablar de Gigio por primera vez en Madrid, en 1996. Él en ese momento había regresado a Buenos Aires, después de unos años viviendo allá. Luego supe que era amigo de amigos míos y nos cruzamos un par de veces en shows que compartimos con Cienfuegos, pero no mucho más. En 2011 o 2012 –gracias a Facebook– nos pusimos en contacto; Pablo le había comentado que yo había grabado alguna batería para el –entonces- incipiente proyecto de El Vértice. Luego Gigio volvió a Buenos Aires, lo invité a compartir unas cuantas fechas con su banda anterior –Gigio & Malasaña Bich–, yo seguí colaborando con Pablo para este proyecto y, finalmente, pasó por mi estudio, donde grabamos las voces de unas cuantas canciones de Todo se parece a mañana, el disco de El Vértice. Hace poco volvió por Tú Mismo a grabar voces de un nuevo disco acústico que está por lanzar.


Satélite!: una fresca anomalía
Julius Solo aporta su memoria para hablarnos del grupo que compartió con Cristian Peyón (ex Tribu de los Cristianos Muertos y Amor Indio, dueño de El Dorado, uno de los lugares claves del under porteño de los 90) y Luis Rodriguez: “Mezclaba beat, new wave, art rock con bossa nova y boleros. Hacíamos versiones de clásicos de Sandro, Leonardo Favio y hasta un cover de Femme Fatale, de Velvet Underground, en plan bossa nova. En ese entonces –segunda mitad de los 90 eso no era muy bien visto en el circuito underground porteño, donde todo era bastante rígido: o eras de zona sur y hacías noise; o eras de Belgrano y hacías brit pop; o eras de zona norte y hacías reggae; o eras de zona oeste y hacías rock chabón. Creo que buena parte de mi música toma la posta de Satélite!, pero desde otro lugar, ya sin tanto ‘rock’”.

 

 

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