Manuel Bruno Ferrari: “El cine, como cualquier forma de arte, es político desde su concepción.»

«Encuentro en la distancia» entrega una nueva edición. En este capítulo de charlas, Laura Otero conversa con Manuel Ferrari, director y guionista que presentó su nuevo filme «La intemperie» en el último BAFICI. Una entrevista para delinear un perfil rico en matices: lector voraz y músico, de Cassavetes a Luca, del encierro a los nuevos desafíos que encara el cineasta.

Manuel Ferrari es un joven realizador y guionista argentino. Estudió Diseño de Imagen y Sonido en la UBA. Acaba de presentar en el BAFICI en el mes de marzo, el film La intemperie, en el cual relata la cotidianidad de la vida de un fletero y la relación con su herramienta de trabajo: el flete, donde suceden las horas de sus días. Acá, un nuevo «Encuentro en la distancia».

Por Laura Otero.
@s.laura.otero

De repente, el cruce de una experiencia inesperada y profundamente cruda, sitúa a los personajes en un contexto de inclemencia y desamparo absoluto. Manuel Ferrari pone el ojo allí: el resultado es un cortometraje emotivo de agudo rigor intelectual, respetuoso y conocedor del mundo que presenta y en el cual se adentra. La música en el film, además de bella, resulta acorde y especialmente elegida a cada momento, dado que se incorpora al guión desde su concepción. En la edición BAFICI 2019 ya había presentado  La calma del agua

En esta edición de «Encuentro en la distancia» conversamos con el director para conocer sus mundos íntimos luego del estreno de «La intemperie» en este último (y tan particular) BAFICI.

-Manuel, contanos cómo aparece el cine en tu vida

Desde chico tuve una especial fascinación por los relatos. Mi viejo es un gran contador de anécdotas por naturaleza, y siempre me llamó la atención esa especie de fogón que se arma alrededor de las personas que saben contar bien cualquier cosa: un pedazo de la biografía de una persona cualquiera, un evento irrelevante, un encuentro inesperado. Pero especialmente me llamaba la atención que al presenciar esos relatos orales en distintas situaciones y frente a distintos grupos de personas, me empezaba a dar cuenta que esas anécdotas siempre mutaban, había datos que se sumaban, otros que se omitían, cosas que yo sabía que no le habían pasado a él, pero que las contaba como si fueran suyas, y que cuanto más rosca le daba a esas variaciones, más aumentaba la atención de los escuchas. Y en algún momento, yo empecé a incorporar esas historias, a interesarme cada vez más: le pedía a mi abuela que me cuente acerca de los vecinos, de la familia, de cualquier cosa. Calculo que por ahí vino la cosa, pero no lo vinculé con el cine hasta que no arranqué a estudiar la carrera de Imagen y Sonido, y de repente me di cuenta que me había topado con la herramienta que había buscado toda mi vida para convertir todas esas historias en algo concreto. 

-¿Quiénes son tus referentes, tus maestros?

Empecé a interesarme por las películas con toda la camada del nuevo cine argentino. Eso fue lo primero que vi y que me movió el piso: primero por la TV con Okupas, de Bruno Stagnaro. Eso fue lo primero que me hizo dar cuenta el grado de conmoción que podía despertar en alguien la ficción, me pegó realmente muy fuerte. Después vino Pizza, Birra, Faso, y las primeras de Caetano, Trapero también. Todo aquello fue lo primero a lo que me vinculé como referente de una estética y una narrativa que me interesaba mucho. Después vino la etapa de ver el cine de todas las épocas, ya con un anotador en la mano: arranqué con el cine norteamericano de los 70/80, a Scorsese le di duro y parejo, Cassavetes, Jarmusch. Es una lista muy larga en cuanto a maestros, pero otros que me movieron con fuerza fueron los neorrealistas italianos primero, sobre todo De Sica, y también más adelante Fellini y Antonioni. Creo que nadie supo interpretar el mundo cómo lo hicieron ellos. Otros directores que me inspiran mucho y por los que tengo un cariño muy especial son Kaurismaki y Kieslowski. 

-A la hora de ver cine, ¿qué elegís, qué te gusta?

Me gusta mucho ver cine argentino, como una forma de tener siempre en la mira las cosas que se están haciendo acá en tiempo real. Sigo de cerca las filmografías de Lucrecia Martel, de Mariano Llinás, de Lisandro Alonso, de Hernán Rosselli, esos son algunos directores que me gustan mucho y que siempre tengo sumamente en cuenta. Después voy descubriendo cosas permanentemente, sumando otros realizadores nuevos a la lista, me gusta mucho el cine documental también.

-¿Considerás que todo el cine es político? ¿Cuál es tu opinión acerca de la relación entre estética y política?

Totalmente. El cine, como cualquier forma de arte, es político desde su concepción, desde el momento en que uno se para en un lugar determinado y recorta una porción del mundo para elaborar un discurso sobre él, desde su capacidad de transformar la realidad, ésa es una de las acciones más políticas que puede haber. Desde ese punto de vista es inevitable afirmar que todo cine es político. Ahora, así como muchas veces no se toma en cuenta la fuerza política que radica en el dispositivo cine, la idea del cine como herramienta de transformación, de posibilidad emancipatoria que trae consigo, también se utiliza con mayor frecuencia para fines nefastos. El cine es una poderosísima arma de doble filo. Lo difícil de desmenuzar este asunto es que cuando uno habla de cine está hablando de muchas cosas. Pero particularmente me interesan aquellos autores que lo utilizan no necesariamente como denuncia, como medio para subrayar cierta problemática, lo cual también suscribo y es lo que conocemos meramente como “cine político”, sino más bien aquellos que proponen cierta reivindicación de los valores humanos, una empatía y una indagación hacia las emociones de las personas, que de algún modo proponen una forma de vivir un poco mejor en lo podrido de este mundo que ya hace rato que le puso un precio a cualquier tipo de valor humano. Aquellos que no agitan verdades al viento sino que por medio de las imágenes plantan preguntas que nos estimulan el pensamiento y nos permiten reflexionar a partir del cine. Cuando el cine logra eso, cuando ilumina algo que hasta entonces no se veía, creo que es cuando cumple su debida función política y empieza a servir para algo.

-¿Qué le recomendarías a los jóvenes que quieren acercarse hoy al cine?

Me cuesta pararme en ese lugar, porque por suerte todavía me siento uno de ellos, y bastante inexperto también. Pero si pudiese hablarle a un yo más joven de hace diez o quince años, le diría que filme todo lo que vea, que anote todo lo que se le ocurra, que grabe conversaciones en los colectivos, que dedique la mayor parte que pueda de su tiempo al ejercicio de la contemplación del mundo. En algún momento todo eso va a servir para algo. 

-¿Cómo pasaste la cuarentena? Hace un año recién comenzaba todo esto….

Sinceramente no me puedo quejar. La pasé en mi casa con Laura, mi compañera de vida, y mi perro Ramón, mi otro gran compañero, y tuvimos la suerte de que no nos falte nada esencial, a diferencia de mucha gente que la pasó muy mal. Después sí, claramente fue duro porque yo trabajo freelance en cine y publicidad, y terminé un comercial el día anterior a que se decretara el aislamiento obligatorio, lo cual significó estar sin trabajar desde marzo hasta octubre, aproximadamente. Pero por suerte nos la pudimos rebuscar. 

-¿Filmaste mucho en interiores durante este período de confinamiento? ¿Cómo surge la idea de “la intemperie”? ¿Ya venías trabajando en este film?

Filmar, filmé poco la verdad, me dediqué más bien a escribir y a editar algunos proyectos viejos. Entre esas cosas fue que terminamos el montaje de La intemperie, que es un corto que surge como tesis de la carrera de Imagen y Sonido de la UBA, y que filmamos en 2019, justo antes de que empiece la pandemia. Era una idea que venía gestando hacía rato, y en la que se juntaron dos ideas que tenía: por un lado, la idea de acercarse a la posible construcción del retrato de un personaje en relación al vínculo con su herramienta de trabajo, y a los vínculos humanos que suceden dentro de ese trabajo y, por otro lado, un conocido que trabaja en una escuela de José León Suárez, me había contado la historia de unos pibes que eran hermanos, y que un día llegaron a la escuela con la noticia de que se había muerto la abuela con la que estos chicos convivían. La pregunta de los pibes giraba en torno a qué hacer: es decir, previamente al problema a largo plazo que era el fallecimiento de esta abuela que era la única familia que tenían, existía un primer problema de carácter urgente que era resolver qué hacer con el cadáver de la señora. La cuestión es que el director de la escuela juntó a los profesores, les contó la situación, y cada uno puso lo propio que tenía a mano para organizar el traslado, armar un cortejo fúnebre con sus vehículos y hacer un velorio digno para que los chicos pudiesen despedir a su abuela.

En este caso, como se trataba de una escuela que depende del Estado, fue posible una gestión con la Municipalidad que intervino en el asunto y facilitó la resolución del tema. Pero a partir de esa historia, me quedó rebotando la idea de todas esas personas organizándose de manera comunitaria para poder ayudar a unos pibes que estaban en una situación de intemperie total, siguiendo un poco la línea conceptual que le da título a nuestra película, y fue la comunidad organizada la que pudo hacer algo para ocuparse del problema y no dejar a esos pibes a la buena de Dios. Obviamente, después vino el problema mayor, que era el futuro de esos pibes que se quedaban solos, y que afortunadamente desde la escuela también se encargaron de resolver. Pero volviendo a la primera parte del conflicto de estos hermanos, fue eso lo que me llevó a indagar en otros casos similares, y a enterarme de una parva de casos en los que sin el apoyo de instituciones, o de un grupo de gente movilizada por unos valores solidarios como en este caso, hay muchísima gente que queda a la deriva en situaciones así: las imágenes escalofriantes que vimos durante la pandemia en otros países que no contaban con políticas de estado que intervinieran en los casos de muertes por covid, refuerzan la idea. Con esos temas en la cabeza, surgió la historia que dio vida a La intemperie.

-¿Cómo realizaste el trabajo previo de investigación y acercamiento a ese personaje del fletero que logra el corto? 

Trabajé bastante tiempo vinculado a fleteros y camioneros. Primero, como peón de flete, haciendo mudanzas y esas cosas, y más tarde cuando entré a trabajar a la industria del cine en la parte de Arte, que es un trabajo que hice bastante tiempo, y todavía hago, estoy todo el día yendo y viniendo con los camiones para todos lados. Así que es un mundo que conocía bastante, y del que siempre me cautivó esa relación que los choferes suelen tener con sus vehículos: muchas veces oficia de segunda casa, es un lugar donde se duerme, se come, se pasa gran parte de la vida ahí arriba. Ese vínculo con el camión es algo que me interesaba mucho, y además muchos choferes que conozco son tipos con los que me gusta mucho conversar. Están llenos de historias y anécdotas, en el vínculo permanente que tienen con la calle. Y esos vínculos eran algo que siempre tuve presente cuando pensé en esta historia: un tipo solitario como es nuestro personaje, que no es como otros choferes que son recontra charlatanes, éste es un tipo de pocas palabras, sin familia ni amigos, pero que fue tejiendo sus relaciones en el circuito laboral: el sereno de la fábrica donde descarga, el peón con el que trabaja seguido. Y si necesita ayuda, la va a ir a buscar ahí. Los códigos que se manejan a bordo de un camión, por ejemplo, si hay dos peones, el más nuevo va en el medio. Y si el chofer quiere ir en silencio, se va en silencio. Me interesan esas zonas del vínculo humano, e incluso en estos trabajos se arman unas relaciones que muchas veces son más fuertes y sinceras que muchas otras de índole familiar, y que están constituidas en base a la charla trivial, cotidiana, o bien a favores que facilitan el trabajo del otro, como el canillita que le guarda la caja de alfajores al vendedor ambulante del subte, ese tipo de cosas. Pequeños triunfos del ser humano para hacer más llevadera la informalidad y el desencanto en el que se vive.

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-¿Cómo fue la elección de la música para la peli y qué rol juega para vos la música en tus trabajos?

Siempre que empiezo a pensar un proyecto empiezo pensando que no va a tener música, pero después me termina ganando siempre la pulsión que me lleva hacia esa potencia que aporta la música en el cine, es más fuerte que yo. Incluso en este corto, y en otro anterior que hice, la música está ya presente desde el guión, se la interpela directamente, como en este caso que los personajes hablan de tal o cual canción que están escuchando. Me gusta utilizar la música de esa manera, no solamente como música incidental a la que sólo acceden los espectadores para subrayar unas u otras emociones, sino que los personajes sean parte de eso. Escuchar lo que ellos escuchan para sentir lo que ellos sienten. 

-¿Te resultó fácil la creatividad en la inmovilidad o en la escasa movilidad a la que nos condujo el confinamiento?

La verdad que no tanto. Como a muchos otros, supongo, me pasó que empecé pensando que iba a ser mi mejor momento para sentarme a escribir alguno de todos esos proyectos que estaban orbitando en algún lugar del pensamiento y que hasta entonces nunca había tenido el tiempo de bajar a papel. Había un guión que tenía dando vueltas, y me dispuse a empezar a escribirlo, pero en cierto momento me di cuenta que estaba dando vueltas todos los días sobre lo mismo. Tiene que ver también con el retrato de un trabajador, en este caso de un vendedor ambulante, que es un mundo que también conozco y sobre el que quiero escribir hace rato, pero en determinado momento empecé a sentir la falta de estímulos a la que uno está acostumbrado cuando anda dando vueltas por la calle, que es el mundo de donde al menos yo, saco la mayoría de las cosas que uso para escribir. Ahora que muy de a poco uno va asomándose al exterior, la cosa empieza a fluir un poco más. 

-¿Miraste muchas pelis o series? ¿Te dio más por la lectura, por la música? ¿Cómo pasaron tus horas de encierro?

Al principio me la pasé viendo muchísimas películas. Aproveché para devorar filmografías enteras de muchos directores y directoras que tenía en la lista de pendientes, y a raíz de esas películas, empecé a descubrir otras, así que ahora la lista de pendientes se multiplicó bastante. Con las series no me llevo tan bien, aunque con mi novia compartimos el gusto por los policiales, por lo cual aprovechamos para ver unas cuantas de esas que nos tuvieron bastante prendidos a la pantalla, además de cocinar y conversar mucho. Por otro lado, aunque no pude escribir tanto en formato guión, pude en su lugar escribir bastantes cuentos y otras cosas, que es algo que disfruto mucho hacer como parte del trabajo creativo, muchas veces como disparadores de futuros guiones de cine, y que ahora se están empezando a publicar en una revista literaria que salió hace muy poquito en formato digital, se llama Los Trapos, y la dirigen dos amigos que quiero mucho, Mariano Balzano y Josefina Charadía. Ahí también escribo algunas cuestiones sobre cine. Es un lindo proyecto que surgió en el confinamiento, que tiene como premisa recuperar cierto territorio perdido a través de la cultura, y desde donde se intenta difundir la literatura, el cine, la fotografía, siempre desde su perspectiva política. Una manera de aguantar los trapos, justamente.

-¿Qué significó para vos poder presentar el corto al público, aunque con distancia y protocolo y la reapertura de los cines?

La verdad que estamos sumamente felices de haberlo podido presentar en público, y más aún en la pantalla grande, en una situación tan especial como ésta. Ese tiempo que, desde el vamos, existe entre el momento del rodaje y el estreno es muy loco, y más aún esta vez, con el período de confinamiento en el medio, reencontrarse con el equipo en el BAFICI, los actores, la gente que de algún modo u otro nos dio una mano, recordar todas esas cosas que uno vivió en la filmación, las anécdotas, los momentos de máxima tensión, es parte de esa magia que tiene el evento de la proyección en sí misma y que nace del contacto entre las personas. Reencontrarse con gente con la que uno compartió cosas muy gratas, y a la que le pasaron un montón de cosas en el medio, es una sensación muy movilizante. Este fue un proyecto que requirió de un esfuerzo humano gigantesco, fue producido y financiado entre amigos, en una especie de familia que se armó en torno a la película, y en el que un montón de personas nos ayudaron desinteresadamente con el único fin en común de que este corto salga adelante. Los exteriores, además de ser la parte que más disfruto de las filmaciones, ya que te predisponen a dialogar con los elementos de la realidad, más cuando uno filma de manera independiente, son lo más difícil de dominar en el cine, uno está muy expuesto y con muy pocas herramientas a mano y, en este caso, tuvimos que filmar en plena ruta, en las calles de un barrio, en el campo, y a bordo de un camión prestado por un amigo fletero que nos brindó su propia herramienta de trabajo para que podamos filmar.

Todo eso sin la posibilidad de cortar las calles, de controlar aunque sea de manera mínima los peligros del tránsito en plena toma. Con un actor que manejaba una F100 por primera vez. Fue una locura. Pero afortunadamente salió y estamos todos vivos. Todas esas cosas, esa gente que te ayuda de onda porque por algún motivo confía en vos, alguien que te confía su camión, por ejemplo, hacen que el compromiso que se genera con las personas que laburan en el equipo sea más grande que en cualquier otro tipo de filmación, y el de uno como director más todavía, porque querés que todo eso salga bien, más por los que te ayudan que por vos mismo. Y en eso radica para mí lo más lindo que tiene hacer cine de esta manera, con gente que uno valora de verdad y que comparte los mismos objetivos que vos. Ni hablar de los pibes de la Comunidad Organizada del Barrio Obrero de Boulogne, que fueron quienes nos dieron una mano gigantesca para que podamos filmar en las calles de su barrio, abriéndonos las puertas de su local y de sus casas para que podamos darle de comer a la gente que laburó en el proyecto, dejar las cosas para poder trabajar cómodos, acompañarnos en cada momento. Que unas personas hayan movido cielo y tierra y hayan dejado de hacer todo lo que tenían que hacer durante dos días para que nosotros podamos filmar nuestra película, es de ese orden de las cosas que a mí me hacen volver a creer en las cualidades del ser humano. Y que me obliga a poner la vara más alta con lo que hago. Por estos motivos creo que la emoción de volver a las salas, se vuelve doblemente inmensa.

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-¿En qué estás trabajando ahora, tenés nuevos proyectos? ¿Cómo se encara el trabajo de un realizador en este nuevo contexto de pandemia?

En cierto momento del aislamiento, cuando estaba intentando escribir y estaba un poco enroscado, se me dio por revisar discos rígidos viejos que tenía en casa, y entre un montón de cosas apiladas ahí adentro, apareció una carpeta con un proyecto que filmé hace seis años, y que nunca pude terminar de editar. Resulta que en aquel momento junto con mi amigo Mariano tocábamos tango en el tren, y se nos había ocurrido grabar una jornada de nuestro trabajo ahí, nuestras charlas, las canciones que tocábamos, los ratos de ocio. El resultado de todo eso fueron un montón de horas de material a las que nunca pude encontrarles un sentido, pero que siempre supe que tenían en sí mismas la esencia de algo muy valioso. Así que decidí verlo todo, y empezar a buscar un sentido desde el montaje a partir del material bruto. Me apasiona mucho el montaje, me parece una de las herramientas más fascinantes que tiene el cine, porque es exactamente lo que se puede llamar la escritura audiovisual en si misma: escribir con imágenes en vez de con palabras. Por ende, me encuentro ahora editando/escribiendo ese proyecto, me gusta porque es algo muy diferente a las cosas que hice hasta el momento, que transita en esa frontera difusa entre la ficción y el documental. Es un gran desafío y espero terminarlo pronto. 

-¿Cómo juega la virtualidad en el ámbito del cine, considerás que suma, que se puede aprovechar como vía de comunicación?

Particularmente, no soy muy amigo de la virtualidad, me cuesta bastante contactarme con las personas a través de lo virtual, y lo mismo me pasa con las películas. Evidentemente el cine, el audiovisual en general, está atravesando la mayor transformación de su historia, y todo irá virando cada vez más hacia estas nuevas plataformas. El BAFICI fue un claro ejemplo de ello, a último momento se decidió hacerlo presencial, pero al mismo tiempo se pudieron ver casi todas las películas que participaron del festival en formato online, lo cual está buenísimo porque amplía mucho el cupo de personas y lugares del mundo a los que se puede llegar con esta modalidad. Y eso es algo que creo que hay que destacar. Lo mismo pasó con muchos festivales en distintas partes del mundo, poder participar de un festival en República Checa sin moverte de tu casa. Acceder a charlas, cursos, un montón de cosas que evidentemente son para sacarles el jugo. Pero mientras existan las salas de cine, estaré militando por ellas. El cine fue concebido para proyectarse en salas, donde un determinado número de personas desconocidas sale de su casa y va hasta un mismo lugar para reunirse en una especie de fogón en la oscuridad a presenciar una historia. Creo que eso es imposible de recrear en otro ámbito. 

-¿Qué enseñanza te dejó este tiempo de encierro en lo personal?

Pienso que a nivel general dejó en evidencia la distancia que existe entre aquellos que manejan los hilos de este planeta y todos los que se encuentran matándose abajo para sobrevivir. La pandemia dejó de manifiesto quienes están anotados en la lista de los que van a zafar y quienes atraviesan los días colgando de un piolín. En lo personal, destaco la importancia de estar rodeado de las personas que uno ama, porque no hay nada peor que la soledad cuando uno no la desea.

-¿Qué fue lo más lindo que leíste y lo más lindo que escuchaste durante el aislamiento obligatorio?

Lo más lindo que lei durante el aislamiento fue un libro de Abelardo Castillo que se llama “Ser escritor”. Lo mejor que escuché, fue el disco que Luca Prodan grabó en Córdoba, que me acompañó en varias etapas de mi vida y que en este aislamiento necesité escucharlo varias veces, que es “Perdedores hermosos”. 

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