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16 de Agosto de 2012
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Opinión

Un país para 50 Millones de Ciudadanos

Por Jorge Alvarez

 Hasta la fecha, los diferentes relatos históricos de nuestro país, han pensado sus agendas políticas confiados en la certeza de un crecimiento continuo de la población donde la pirámide de población estaba sustentada en altas tasas de natalidad por encima de la tasa de población adulta.

Distintas estimaciones de especialistas en demografía y organismos internacionales, señalan que en los próximos años Argentina detendrá su crecimiento poblacional en los 50 millones de habitantes. Ese techo modificará la pirámide para convertirla en una estructura donde la cantidad de adultos será similar a la cantidad de nacimientos; es decir, una población que tenderá a envejecerse. Esa realidad significa desafíos, interrogantes y posibilidades, una oportunidad para pensar y actuar en la Argentina del siglo XXI con antelación camino al desarrollo

La Argentina presente

Nuestro país padece una enorme concentración poblacional, sobre un total de 40.091.359 habitantes[1], 12.801.364 viven en el 0,8% del territorio nacional en la denominada área metropolitana. Un país desbalanceado donde tres de cada diez residen en menos del 1% de territorio nacional, donde se afincan el poder político administrativo, las grandes cadenas comerciales, la mayor cantidad de oferta de salud pública y privada, los grandes medios de comunicación y los contrastes sociales expresados en violencia y pauperización.

El centro absorbe a la periferia, la metrópoli brinda posibilidades que no son posibles en sus márgenes. Allí van los trabajadores de baja calificación que emigran en búsqueda de trabajo a la par de miles de jóvenes que abandonan las pequeñas ciudades para continuar sus estudios en las grandes. Al concluir sus carreras solo una parte vuelve. 

La inversión privada en infraestructura, salvo excepciones, también tiende a privilegiar el centro por sobre la periferia y a su vez, a los que ya tienen sobre los que no tienen. La construcción de departamentos de lujo en Palermo o las inversiones inmobiliarias para aquellos sectores sociales acomodados, que ya cuentan con vivienda y usan a “los ladrillos” como inversión segura, manifiesta la mala utilización de la renta sojera mientras los sectores más bajos no pueden acceder a una vivienda propia y digna, salvo por la obra pública, por falta de crédito a largo plazo.

La ausencia de pensamiento estratégico no permite solucionar el problema habitacional, ya que a los sectores de menos recursos les cuesta acceder a los créditos bancarios aumentando el proceso de concentración de oportunidades en muy pocos.

En el caso de la política, se presenta una suerte de vorágine viciada por acciones reactivas; nadie le reconoce al otro sus virtudes. Esta tendencia a la facción, al interés mezquino de los aparatos electorales, impone inevitablemente una cultura del cortoplacismo que obliga a las respuestas rápidas e impiden la planificación estratégica. Ninguna obra se hará si no sabemos quién es el que puede beneficiarse electoralmente cuando se inaugure, nadie lo dice, pero todos lo saben.

Generamos una política que distribuye recursos en tiempos de abundancia pero no nos prepara para las épocas de “vacas flacas”. El cortoplacismo es una guerra que favorece siempre a los más fuertes, a aquellos que no tienen límites en la búsqueda o ejercicio del poder, que para permanecer allí privilegiarán gastar los recursos que podrían usarse para inversiones de largo plazo. La falta de alternancia en el ejercicio del gobierno comienza a ser un flagelo en la democracia   

La Argentina posible


El mundo que viviremos en los próximos años parece dominado por la incertidumbre fruto del desarrollo interminable del conocimiento.El consumo constante de nuevas tecnologías hace que cualquier dispositivo quede obsoleto en poco tiempo y nadie consuma productos que duren para toda la vida. Aquellos que elaboren productos de larga duración tenderán a ser reemplazados por los que brinden productos de rápida absorción

Se modifica una característica estructural del siglo XX, donde los países centrales ofrecían industria cara a los países periféricos a los cuales les compraban productos primarios a precios baratos ya que la industria pesada, y los países productores de ella, eran el eje de la economía mundial.

Hoy India y China venden industria barata y compran productos primarios caros, a contramano del deterioro de los términos de intercambio del siglo pasado. Esta tendencia se mantendrá por la decisión de estos países de migrar diariamente millones de personas del campo a la ciudad demandando cada vez más alimentos elaborados, tecnologías, cemento, revalorizando la materia prima y sus derivados.

Por otro lado, el sol, el agua, el viento, pero también la basura son fuente de energías que exigen de conocimiento para ser aprovechadas. El país que tenga el conocimiento apropiado puede producir energía, perdiendo valor estratégico la geopolítica para el control de la producción de energías como sucede actualmente sobre los países productores de petróleo.

Este proceso sin dudas modificará las estructuras de poder que rigieron el mundo hasta la actualidad. Tenemos posibilidades, necesitamos apostar al largo plazo, abandonar la política reactiva y conformar un programa con optimismo para planificar la Argentina de los 50 millones de ciudadanos.

Publicado en Ecos Diarios de Necochea 

[1] Datos obtenidos del último Censo poblacional, octubre 2010.

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