La vida de Francisco García Bazán en Martínez

Un lujo que nos damos. La poeta Cecilia Romana entrevista a su padre, el filósofo Francisco García Bazán. Una mirada retrospectiva y cariñosa sobre un erudito de entrecasa. Hace algunos meses el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires lo declaró Personalidad Destacada de la Cultura. Esperemos que pronto sea considerado Vecino Ilustre de Martínez, barrio en el que vive desde 1968.

La poeta Cecilia Romana entrevista a su padre, el filósofo Francisco García Bazán en una charla que combina libros, trayectorias y el barrio de Martínez a través de una mirada particular.

Mi salón de quinto grado es de los que dan al patio interno del colegio. La maestra nos pregunta a qué se dedican nuestros padres. Una por una ‒supongo que estamos aprendiendo algo de oficios y profesiones‒, dice: vende casas, es abogado, mecánico, creo que hay un médico, aunque no me acuerdo bien. Llega mi turno de responder y digo: mi papá es investigador. La respuesta pasa sin pena ni gloria. No tengo auto ni festejo mis cumpleaños en un club. A quién le importa, pero cuando todas las chicas bajan al recreo, la seño Alicia me para en la puerta: ¿tu papá es investigador? ¿En serio? ¿Es detective? ¿Ve los cadáveres? Me quedo helada: no, mi papá es filósofo, respondo. Y ahí la magia, que había sido corta, se termina abruptamente.

La magia entre mi padre y yo, en cambio, no se termina nunca. Me sorprendo cuando a la pregunta de cómo surgió su vocación, responde: “Quería sobresalir. Ser importante. Leía muchas novelas del FBI y del CIA que alquilaba mi tío Bartolomé, hermano de mi madre”.

Algo del investigador que deseaba conocer mi maestra de quinto grado también estaba en la génesis de la vocación de mi padre.

Mi padre es Francisco García Bazán, filósofo. Nació en Málaga en 1940 e ingresó en la primaria del Colegio Salesiano de San Bartolomé del barrio de Capuchinos con siete años y medio de edad. Esa había sido también la escuela de mi abuelo en su sección gratuita. Allí aprendió a leer y a escribir y al año siguiente estaba listo para emprender la carrera de estudios que luego marcó toda su vida. Me dice: “El estímulo a mis deseos íntimos e inconfesados de ser `importante´, de destacarme en el colegio y entre los niños vecinos de mi barriada, fue algo que me surgió espontáneamente en esa etapa de mi niñez y por eso, quizá, desde los 9 años comencé a recibir los premios escolares más altos del colegio”.

Era pobre, pero obediente y con deseos de ser siempre el primero. Mi abuelo había viajado a la Argentina a fines de 1947 a causa de las diferencias de carácter con mi abuela y la miseria económica de la España de la postguerra civil. Fue un hecho que en esa situación de semi abandono, los maestros, sacerdotes y coadjutores salesianos vieron a mi padre como candidato para el Aspirantado Salesiano. Todo esto fue normal y llenó también las aspiraciones de sus inquietudes hasta los quince años, una etapa en que interiormente comenzó a sentir una transformación, porque leyendo y estudiando a los escritores y poetas que encontraba en los libros de preceptiva literaria aspiró a algo más ambicioso y quiso escribir como hacían los autores que le encantaban. 

Pero justo ahí su padre reapareció y reclamó a la familia desde América. Entonces Francisco dejó el Aspirantado y vino a la Argentina acompañando a mi abuela y mi tía. Dice: “La atracción sexual y romántica hacia el otro sexo nació en el verano antes de ir al Aspirantado y la controlé normalmente por mis intereses hacia una vida de estudios y hábitos de corrección religiosa que la sustentaban. Durante los casi diez meses que demoramos en el papeleo para los documentos de la emigración, libre de la disciplina del Aspirantado Salesiano y hurgando en las bibliotecas públicas de Málaga, leí cuanto estos repositorios públicos me ofrecían sobre historia, literatura y lenguas antiguas y moderas y ahí me convencí de que mi vocación no circulaba por las vías de la obediencia de una orden religiosa, sino por la avenida amplia del aprendizaje dentro de la disciplina de estudios profundos y eruditos: literarios, filosóficos e históricos, acompañados de las lenguas antiguas y modernas como soportes”.

A los quince años mi padre cambió el rumbo de su vida: “Fueron estas decisiones que tomé y que no obstante los reclamos que recibí de mis antiguos profesores para retornar al camino de vida de una religiosidad ordenada, no proseguí, porque mi vocación no era sacerdotal”, dice. En Buenos Aires concluyó los estudios secundarios y se matriculó en la UBA, de donde egresó como licenciado en Filosofía, en 1968. En los años siguientes ganó becas del CONICET en Buenos Aires y Roma para doctorarse en Italia y hacia allí viajó junto con su esposa y sus tres hijas para perfeccionarse en sus temas predilectos: el neoplatonismo, Plotino, los primeros tiempos cristianos y la gnosis, bajo la tutela del padre Antonio Orbe –de la Universidad Gregoriana–, un sabio e indiscutible autoridad en esa especialidad. Concluyó el posgrado y regresó a la Argentina, donde se dedicó de lleno a la investigación y a la docencia. En 1976 recibió el premio al Joven Sobresaliente en Filosofía. Dos años antes había ingresado en la Carrera del Investigador Científico del CONICET, actividad que nunca abandonó y en la cual alcanzó el rango máximo –Investigador Superior– en 2003. Fue docente de universidades nacionales y privadas y dictó cursos y conferencias en España, Italia, Francia, Grecia, Inglaterra, Estados Unidos, Canadá, Chile y Perú.

Autor de más de cuarenta libros, en su mayoría publicados por la prestigiosa editorial Trotta de Madrid, es traductor del latín, del griego y del copto. Está casado desde hace 53 años con Amalia –Lilí para quienes la conocen–, y tiene con ella seis hijos, que ya le dieron dieciocho nietos –nueve varones y nueve mujeres–. Vive en Martínez, al norte de la Capital Federal, un barrio arbolado y tranquilo donde instaló su biblioteca de unos diez mil volúmenes y se dedica día a día a ahondar los temas que le apasionan con el mismo entusiasmo, fuerza, lucidez e ilusión de hace sesenta años.

Hace algunos meses el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires declaró a mi padre Personalidad Destacada de la Cultura.

Un picado de preguntas

C.R.: ¿Cuáles eran tus lugares preferidos para leer y estudiar? (tanto en tu infancia como en tu adultez)

F.G.B.: Cuando era niño leía y estudiaba en medio del alboroto de la casa y siempre ha sido así. El deseo de lo que quería y debía aprender era mi control.

C.R. ¿Cómo fue llevar adelante una carrera intelectual teniendo seis hijos?

F.G.B.: Poniendo como norte mi aspiración al saber y lograrlo concretamente, mi familia, si bien numerosa me ha seguido, y aceptado un medio existencial en el que el ambiente respetable del aprender y la docencia han ocupado el lugar de una existencia de estudio que no se opone a la felicidad, sino que la cultiva activamente.

C.R.: ¿En qué año y por qué te instalaste en Martínez?

F.G.B.: En marzo del año 1968, cuando contraje matrimonio con mi esposa Amalia Romana Marioni, compañera de la carrera de Filosofía de la UBA. Hace de lo dicho 53 años, que siguen siendo de feliz compromiso.

C.R.: ¿Cuál fue el libro que más te gustó escribir?

F.G.B.: La segunda edición de Gnosis. La esencia del dualismo gnóstico, por pedido de Ediciones Castañeda, lanzado en 1978. Fue la mayor satisfacción que recibí al haber sido seleccionado “Joven Sobresaliente de la Cámara Junior de Buenos Aires” y haberse iniciado con este motivo una amistad imperecedera con Graciela Maturo y Eduardo Azcuy.

C.R.: ¿Cuál fue, entre tus libros, el que más alegrías te dio?

F.G.B: Son dos: Plotino y la gnosis, FECYC, 1981, fue mi tesis de doctorado, Roma-Buenos, comentada y citada en todos los ambientes filosóficos internacionales de investigación y asimismo Textos gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi I-II-III, Editorial Trotta, Madrid, 1997,1999, 2000, en colaboración con Antonio Piñero y José Montserrat Torrents, que han superado la 5ª edición y han sido traducidos al portugués por Editorial Esquilo, Lisboa, 3 volúmenes, 2005.

C.R.: ¿Qué le dirías a un joven que quiere dedicarse a la filosofía?

F.G.B.: Que siga firme en su empeño. El estudio y cultivo de la filosofía es un objetivo de realización del ser humano, un llamado que no se puede eludir ni aniquilar con subterfugios. El filósofo es llamado por la Sabiduría y no se saciará hasta tocar su profundidad. Es una especie de realidad que ya sintieron los griegos y cuya inagotabilidad experimentaron los metafísicos orientales, ya que el ejercicio recto del pensamiento y su realización completa son inseparables.

C.R.: ¿Qué lugares del barrio te gustaban y te gustan más para pasear? ¿Cuáles eran tus salidas preferidas en el barrio con tu familia cuando tus hijos eran chicos y todos vivían en casa? ¿Cuáles son tus salidas preferidas con tus nietos en el barrio? ¿Hablan de filosofía con tus nietos y con tus hijos en la sobremesa? 

F.G.B.: Desde que vivo feliz en Martínez hace más de medio siglo con mi señora Lilí y con mis hijos y nietos al alcance de la mano, mis lugares que sigo en mis caminatas a solas o acompañado, son señalados por las calles San Lorenzo, y paralelas, hasta Avenida Santa Fe y Avda. del Libertador General San Martín y Dardo Rocha y Paraná. Es un cuadrilátero kilométrico que recorro incansablemente desde hace treinta años. Esporádicamente me acompañan mi señora, mis hijos y mis nietos, en grupos o en parejas. Por supuesto que conversamos en las sobremesas de los fines de semana y sobre todo en las fiestas que celebramos lo más a menudo posible y siempre superando los treinta miembros y sin límites de horarios. 

C.R.: ¿Cómo se ve Martínez a través del tiempo desde la mirada de un filósofo? 

F.G.B.: La mirada de un filósofo erudito que ha experimentado a Martínez y aledaños como espacio físico de residencia de la familia y su ámbito de investigación y producción intelectual con su estudio, biblioteca y familia instalados desde hace más sesenta años en las etapas vitales de juventud, edad adulta, madurez primera de la vejez y vejez declinante y habiendo durante este extenso período con la familia y compañía de su esposa por varios continentes, considera a Martínez como su hábitat y ámbito natural que pide exigentemente el retorno como “tierra” de propósitos cumplidos y sueños de amor nupciales y familiares realizados.

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