El documental de Luciano Nacci representa el bloqueo y el duro pasar económico sostenido en un entramado resuelto con sensibilidad .
Fuente: Leedor
Decíamos allá por el 2015, que había que apurar el viaje a Cuba, antes que la isla sea cooptada por el capitalismo. Existía la fantasía que con la era Obama la irrupción de internet, los shoppings, las cadenas de comida rápida, o de café al paso, romperían salvajemente con ese paisaje entre decadente y romántico, que todos queríamos conocer, al menos viniendo desde Argentina. Estábamos a poco que todo cambiara, pero nada cambió. Y llegó Trump.
El documental de Luciano Nacci, de apenas una hora de duración, construye de algún modo un viaje en busca de esa añoranza que tenemos un poco los argentino. Pocos celulares, pocos televisores, falta de internet y una huída al campo. Como si la felicidad pudiera estar ahí.
Representar el bloqueo y el duro pasar económico sostenido en un entramado que Nacci resuelve con sensibilidad: un taxista guía de turismo, la guitarra con tres cuerdas (para qué mas?) y los efectos tardíos de una Revolucion siempre presente. Alejándose de los centros urbanos y de los más turísticos, Nacci se ocupa de poner atenta escucha sobre un conjunto de historias de hombres y mujeres de Viñales a casi 200 km de La Habana, el grupo de campesinos enumeran aquello que trabajan: la caña, plátano, aguacate, guayaba, coco, limón, naranja, toronja, chirimoya, café, tabaco negro y expresa siempre el conflicto entre el campo y la ciudad: “Hemos sido pobre que más vamos a pedir?” Tambien estan los músicos, las bandas de rumba porque Cuba es música.
Hay una voz en primera persona que es la del directora que el documental presenta con intermitencias, y cuando lo hace, recordándonos que se trata de una mirada posible, es cuando la película gana.



