La primera relación sexual es el tema más abordado por los trabajos recientes sobre sexualidad de adolescentes, tanto por la aparición de la epidemia del VIH/sida como por la creciente evidencia de que la iniciación sexual coital suele darse en la adolescencia en esa franja etaria.
Además existe una larga tradición de estudios antropológicos y demográficos centrados en la primera relación sexual, que la considera un momento decisivo para las personas, ya sea como rito de pasaje a la adultez o inicio de su biografía sexual.
Como señalamos en el análisis del eje anterior, la sexualidad es uno de los elementos identitarios más importantes entre l@s adolescentes y jóvenes de las nuevas generaciones. A partir de sus propios relatos hemos podido corroborar las descripciones que muchas investigaciones sobre sexualidad adolescente sostienen que “varias de estas mujeres y varones presentan a su primera relación sexual enmarcada en un recorrido progresivo previo al coito vaginal” (Jones, 2010). Es importante destacar que, a diferencia de lo que se creen desde el sentido común donde la sexualidad adolescente se piensa como “desenfrenada”, la iniciación de l@s jóvenes tiene una dimensión gradual y procesual. En ese proceso es posible observar la fuerte influencia que aún hoy tienen los roles y mandatos de género tradicionales. Si bien en los grupos de discusión indagamos profundamente todas las dimensiones asociadas a la sexualidad, ésta aparece como tema de mucho interés y vinculada muy estrechamente al noviazgo.
Como veremos en los testimonios la iniciación sexual se da, en la mayoría de los casos, con personas de las mismas edades y es altamente valorado que sea en el marco de una relación de afecto tanto para los varones como para las mujeres:
Las chicas suelen tener un discurso más romántico y los varones se muestran más dispuestos a “flexibilizar” su posición. Sienten que lo ideal es que la sexualidad sea con alguien por quien sienten afecto pero reconocen que podrían tener relaciones sin esta condición:
«Para mí solo se puede tener sexo con amor. Se puede dar, pero no debería.»
En los relatos de las experiencias aparecen claramente los estereotipos de género tradicionales que regulan las actitudes y opiniones frente a la sexualidad. Los varones aparecen como siempre “disponibles” para la actividad sexual:
¿Por qué se pelean en general las parejas?
Porque la chica no quiere algo que él quiere. Cuando el chabón está caliente y la mina no quiere.
Como señala Jones (2010) “en la expectativa de resistencia femenina subyace una división del trabajo de control del deseo sexual según una lógica de género tradicional: los varones se representan como incontrolables, por lo que a las mujeres les cabe la tarea de administrar el deseo, propio y ajeno, para evitar encuentros que no querrían o que escapan a las normas sexuales vigentes para ellas”.
Esta capacidad de “decisión” de las chicas sobre la sexualidad de la pareja en la realidad tiene más una función simbólica y se relativiza por las cifras y experiencias de violencia sexual de alta o baja intensidad que sufren las mujeres en sus noviazgos.
Si tomamos los resultados de nuestra encuesta, ante la afirmación “si la pareja comienza un juego erótico no tenés derecho a cortarlo” el 22% de las mujeres y el 25% de los varones estuvieron de acuerdo. Si sumamos a quienes estuvieron parcialmente de acuerdo (14% de mujeres y 18% de varones) resulta que al menos un tercio de l@s jóvenes encuestad@s les costaría poner límites ante una situación sexual que no desean o estarían dispuest@s a exigir que la relación continúe a pesar de la opinión y los deseos de su compañer@.
Esto significa que serían potencialmente “presionables” para mantener relaciones sexuales inseguras. Estos datos son en cierta manera coincidentes con el estudio del Instituto Gino Germani «Cambios en las prácticas y las actitudes en relación con la sexualidad en jóvenes argentinos escolarizados» realizado por Ana Lía Kornblit y Sebastián Sustas (2012). En dicho estudio se indagó acerca de la utilización del preservativo como práctica de cuidado a partir de su utilización o no en la última relación sexual. En la muestra del 2012, se observó que alrededor del 61% lo ha utilizado. Sin embargo, no se tienen datos para dimensionar cuántas de esas personas (el 39% restante) mantuvo relaciones inseguras por causa de presiones o falta de posibilidad de negociar con su pareja.
